ISSN: 1989-9564
Durante milenios, las sociedades humanas han tenido que abordar uno de sus más importantes problemas: la educación de sus futuros integrantes. En casi todas ellas, esa difícil tarea correspondió a los más sabios y expertos, que casi siempre eran los más mayores, depositarios de lo aprendido en la evolución cultural y de lo digno de preservarse.
Ya en épocas más recientes, fueron las mujeres -y maestras- las que se ocuparon de la llamada educación primaria, sin duda la más difícil pero, quizás, más importante y, a la vez, más desprestigiada. Sólo hace unas décadas que se les permitió acceder a ese Olimpo intelectual -la Universidad- reservado a los hombres.
En las actuales sociedades del bienestar, el debate ya no es quién enseña, sino hasta cuándo los enseñantes deben prolongar su vida laboral y docente. Desinstalados de nuestra reciente bonanza económica -¡gracias señores banqueros!-, los llamados países desarrollados se plantean la necesidad de que los trabajadores retrasen la jubilación. Las pensiones corren peligro.
Parecería a todas luces una torpeza que los ya suficientemente desprestigiados docentes quisieran ahora (con lo poco que les ha castigado la crisis económica y habiendo disfrutado del privilegio -vedado a la mayoría de los trabajadores- de poder jubilarse a los 60 años) quedar al margen de las actuales políticas de ajuste económico que exigen que todos/as arrimemos el hombro.
Pero cabe, además, un acercamiento a este debate desde otra óptica. Es cierto que en algún momento los trabajadores y trabajadoras deben concluir su vida laboral, pero con la innegable mejoría de las condiciones de vida que han experimentado nuestras sociedades y la consecuente mayor longevidad de los ciudadanos, parecería un despilfarro incomprensible que, aquellos que han acumulado a lo largo de sus años de trabajo la sabiduría y las técnicas necesarias para abordar con más éxito la tarea educativa, abandonaran sus tareas docentes cuando aún están en la plenitud de sus capacidades intelectuales y todavía tienen mucho que aportar. ¿No deben los más sabios y expertos formar a las siguientes generaciones? ¿O ese modelo de sabiduría ya no vale?
Sin duda el debate es interesante.
Y tú ¿qué piensas?
Matias Campoy Jiménez






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La jubilación adecuada en la profesión docente en la enseñanza obligatoria, debería ser voluntaria a partir de los 60,61, 62 años, al menos, sin penalizaciones. Tener a todo el colectivo del profesorado de forma obligatoria hasta los 65-67 años no es adecuado.
En cuanto al aumento de la esperanza de vida, estamos hablando de la actualidad y de los próximos años. No de un futuro que llegará dentro de 10-15 años.
Si se desea continuar con esa idea, debería haber un catálogo de profesiones a los que , como a los docentes, se les permita jubilarse antes de los 65 años sin penalizaciones o bien, en último extremo, mejorar su situación laboral para poderla afrontar con esas edades sin que conlleve merma de retribuciones.
¿ Cómo rejuvenecemos las plantillas en una sociedad en la que la natalidad brilla por su ausencia?
La verdad, pensar que tengo que seguir dando clases hasta los 67 años... que me da un poco de "repeluco". Cierto es que con la edad vas adquiriendo más experiencia y sabiduría (se supone) que puede ser de gran utilidad en la docencia, pero también es verdad que la insolencia y la osadía de la juventud son buenas armas para movilizar el grupo-clase. Además: que no me imagino a mí mismo con una prótesis en la cadera y mis pastillitas de Sintrom llevando a mis alumnos al Pinsapar.